martes, 2 de junio de 2009

SALUDOS

LA RCC DE LOURDES LE MANDA UN FUERTE ABRAZO EN CRISTO A LA HNA. VILMA BRAS QUE NOS ACOMPAÑÓ EN PENTECOSTES, CON SU ENSEÑANZA, SU AMOR, Y SENCILLEZ.GRACIAS VILMA POR ACOMPAÑARNOS EN ESTE PENTECOSTES.CUANDO QUIERAS TE ESPERAMOS.BENDICONES.

La renovación en el espíritu santo.


La efusión del don del Espíritu
1. La efusión del Espíritu o bautismo en el Espíritu Santo.
Uno de los elementos más significativos de la Renovación en el Espíritu Santo, muy estrechamente unido al encuentro personal con Cristo glorificado es la oración por “efusión del don del Espíritu Santo” llamada también “renovación de nuestro bautismo mesiánico” o impropiamente “bautismo en el Espíritu Santo”. La expresión tiene su origen en aquel texto de los hechos de los apóstoles: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizado en el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hch 1,5; 11,16). Y fue en Pentecostés cuando se llevó a cabo la promesa del Señor Jesús.
¿En que consiste esa “efusión del Espíritu Santo”, o “ser bautizado en el Espíritu Santo” o “bautismo en el Espíritu “?
2. Es una oración de fe, no es un acto sacramental.
Ante todo, no se trata de ninguna manera de un sacramento. Sabemos, en efecto, que el hombre “se hace cristiano” mediante un proceso. Ese proceso comprende: a) La conversión y la fe en Cristo Jesús; b) y la recepción de los sacramentos de iniciación: bautismo, confirmación y eucaristía (1Cor 12,13; Gal 3,26-27; 4,6; Rm 6,3-4; 8.9.14-17; Jn 6,51-58).
Por tanto, todo aquel que ha recibido los sacramentos de la iniciación cristiana ha sido hecho hijo de Dios, ha sido incorporado a Cristo muerto y resucitado, ha recibido el don del Espiritu Santo, y puede participar en la Eucaristía, banquete de la Nueva Alianza.
La oración por “efusión del Espíritu Santo” consiste en la oración, llena de fe y esperanza, que una comunidad cristiana eleva a Jesús glorificado para que derrame su Espíritu, de manera nueva y en mayor abundancia, sobre la persona que ardientemente lo pide y por quien los demás oran.
Esa oración se hace de ordinario mediante la imposición de las manos, la cual no es ni un ademán mágico, ni un rito sacramental, sino un gesto sensible de amor fraterno, una expresión elocuente de comunión humana, un signo externo de solidaridad en la oración, con el deseo ardiente, sometido a la voluntad de Dios, de que Jesús derrame sobre nuestro hermano el don del Espíritu Santo que El nos ha comunicado.
3. Es una nueva misión del Espíritu Santo.
Esta nueva efusión de Espíritu Santo puede explicarse a la luz de la teología de las “misiones divinas”. Que el Espíritu Santo sea enviado o que venga de nuevo, no quiere decir que se desplace, sino que surge en la criatura una relación nueva para con el Espíritu: o bien porque antes nunca estuvo allí, o bien porque empieza a estar a estar de diferente manera a como estuvo antes.
Inclusive, tratándose de una persona que se encuentra en estado de gracia y que por lo tanto es habitada por el Espíritu Santo, puede decirse que el Espíritu Santo le es enviado de nuevo . Santo Tomás de Aquino lo enseña claramente. La misión del Espíritu Santo se da o bien por el aumento de la gracia cuando alguien es elevado a un nuevo estado de gracia, o bien por el progreso de la virtud, o bien por la manifestación de un carisma del Espíritu. Santo Tomás mismo ofrece los siguientes ejemplos: cuando alguien, ardiendo en fervor de caridad, se expone al martirio o renuncia a lo que posee o acomete cualquier otra empresa árdua; o cuando alguien progresa en el don de los milagros o de la profecía.
4. Es una gracia que renueva y actualiza las gracias ya recibidas.
En términos sacramentales, esta nueva efusión del Espíritu es una gracia que renueva, actualiza de manera existencial y pone en actividad el rico caudal de gracias que Dios ha dado a cada uno a través de los sacramentos recibidos.
En unos, pondrá en actividad lo recibido solo en el bautismo y en la confirmación; en otros, lo que Dios ha dado a través de la reconciliación y de la eucaristía. En éstos activara la gracia matrimonial; en aquellos renovará el carisma sacerdotal. Y de manera análoga, esta gracia beneficia también los carismas del propio estado de vida y de la vocación personal: en unos hará vivir en plenitud el llamamiento a un estado de simple soltería; en otros llevará a la perfección el don de una virginidad consagrada en la vida religiosa.
En esta perspectiva, la efusión de Espíritu Santo en la Renovación tiene una semejanza notable con el bautismo en el Espíritu que recibieron los Apóstoles el día de Pentecostés, ¿no estaban acaso también ellos perfectamente equipados con multitud de gracias equivalentes a nuestros sacramentos?
5. Es una gracia que libera de obstáculos y ataduras.
Esta efusión del Espíritu Santo puede también comprenderse de la siguiente manera. Según la palabra de San Pablo, “todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu y hemos bebido del mismo Espíritu” (1Cor 12,13); siendo así, desde el primer momento de nuestra incorporación a Cristo por los sacramentos de iniciación, poseemos el Espíritu Santo, el cual habita en nosotros como en su propio templo (1Cor 6,19). Y allí esta toda la plenitud de su ser infinito y con la potencialidad de su actividad divina. Sin embargo, debido a los obstáculos, diques y barreras que voluntaria o involuntariamente ponemos, la acción del Espíritu Santo no llega a manifestarse en nosotros en toda su plenitud.
En esta circunstancia esta nueva efusión del Espíritu Santo es una gracia de Dios que rompe la dureza de nuestro corazón, remueve las trabas, derriba los obstáculos y nos dispone para que el Espíritu actué en nosotros con toda libertad. Todas estas son gracias de “liberación”, que el Espíritu Santo obra en el interior del creyente, haciéndolo crecer en esa “libertad para la cual Cristo nos libertó” (Ga 5,1).
6. Es una nueva experiencia del Espíritu.
El primer efecto de esta gracia es tener una “experiencia del Espíritu” que habita en el corazón del creyente, la cual perfectamente cuadra en el marco de nuestra teología tradicional.
“Sobre el modo común como Dios está en todas las cosas —enseña Santo Tomás— hay otro especial que conviene a la criatura racional, en la cual se halla Dios como lo conocido en el que conoce y lo amado en el que ama. Y, conociendo y amando, el hombre toca al mismo Dios que habita en él como en su templo. Y esto es solamente por la gracia santificante.
Además —continua el autor— decimos que en verdad tenemos algo, cuando libremente podemos usar o disfrutar de ello. Pues bien, por la gracia santificante, no solo poseemos al Espíritu Santo que habita en nosotros, sino que tenemos el poder de disfrutar de la Persona divina”
7. Es principio de vida nueva.
Como consecuencia de esa “efusión de Espíritu Santo”, que es apertura al Espíritu y a su acción soberana, vendrá una verdadera eclosión de vida que se manifestará en “frutos” de santidad y en “carismas” para edificar la Iglesia.
Permítasenos enumerar, a manera de ejemplo, algunos de los frutos que se perciben aquí y allí después de esa oración implorando la nueva vida del Espíritu:
• conversión interior radical y transformación profunda de la vida;
• luz poderosa para comprender mejor el misterio de Dios y su plan de salvación;
• nuevo compromiso personal con Cristo;
• apertura sin restricciones a la acción del Espíritu Santo; - ejercicio activo de las virtudes teologales: fe, amor, esperanza;
• entrega generosa al servicio de los demás dentro de la Iglesia;
• gusto por la acción y amor a la Sagrada Escritura;
• búsqueda ardiente de los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía;
• revaloración de la misión de la Virgen Maria en el plan de redención;
• amor a la Iglesia y a sus instituciones;
• fuerza divina para dar testimonio de Jesús en todas partes;
• ansias de un ilimitado radio de apostolado.
8. Es fuente de frutos y carismas del Espíritu.
Esta “nueva misión del Espíritu” (empleando la terminología de Santo Tomás) beneficia al creyente en todo su ser, tocando “su espíritu, su alma y su cuerpo” (1 Ts 5,23). Por eso es del todo normal y de ninguna manera extraño que, con ocasión de la efusión del Espíritu (ya sea durante la oración misma o poco después o días más tarde), la persona tenga una singular “experiencia de Dios” y de su acción, no solamente de sus frutos espirituales, sino de sus efectos sensibles, por ejemplo: una paz como jamás la había sentido, un gozo como nunca lo había experimentado, la curación inclusive de una enfermedad psicológica o corporal.
Más aún, es también natural que con esta ocasión se vayan manifestando en el creyente carismas “para el bien común” , como los enumerados por S. Pablo en Cor 12,7-11; Rm 12,6-8.
9. Es apertura total para recibir el Espíritu Santo.
Es muy útil subrayar también que recibir esa efusión de Espíritu Santo no es lo mismo que hacer una consagración al Espíritu Santo. En la consagración predomina una actitud activa: la persona se da, se ofrece, se entrega, se consagra al Espíritu Santo para que El realice los planes que Dios tiene sobre ella. En cambio, en la efusión del Espíritu prevalece una actitud pasiva: se pide a Jesús glorificado que derrame su Espíritu divino, con la abundancia de sus dones, sobre la persona por quien se ora. Esta actitud activamente pasiva es semejante a la Virgen María cuando respondió a la voluntad de Dios, manifestada por el ángel Gabriel: “¡He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38).
10. Es el inicio de un nuevo caminar en el Espíritu.
Finalmente, hay que notar que esta “efusión de Espíritu” no cubre todas las riquezas de la Renovación ene Espíritu Santo. Así como el bautismo en el Espíritu no fue para los Apóstoles sino el inicio de una nueva vida nueva en el nuevo Pueblo de Dios (Hch 1,5-8; 2,1-13) así también esta efusión de Espíritu no es en la Renovación un termino, sino solamente el principio, el arranque de una nueva vida, de un nuevo caminar al impulso del Espíritu, de un vivir realmente en plenitud de la vida cristiana (Ga 5,16-25).
Como fácilmente puede verse, esa “efusión de Espíritu” es muy importante y tiene grandes consecuencias para la vida del cristiano. Siendo así, vale la pena —pastoralmente hablando— preparar debidamente a las personas para este acontecimiento. Esta preparación coincide con la “evangelización primera”.
S.S. Juan XXIII anhelaba como un nuevo Pentecostés para la Iglesia, y el Papa Pablo VI imploraba, el 9 de mayo de 1975, “una nueva efusión del don de Dios: ¡Que venga pues, el Espíritu creador a renovar la faz de la tierra!” .
Pues bien, “sin que ello suponga desconocer o despreciar lo que germina, crece y florece por doquier, podemos decir que la Renovación, en su nivel y a su manera, es una respuesta a la espera pentecostal expresada por Juan XXIII y por Pablo VI, quien habló también de que ‘la Iglesia tiene necesidad de un perenne Pentecostés’ ”
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TEXTO: Tomado del libro LA RENOVACION EN EL ESPÍRITU SANTO del P. Salvador carrillo Alday (pagina nº 45-52)
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domingo, 31 de mayo de 2009


Ven Espíritu Santo, para unirnos al Padre a través de su Hijo

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-23



Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo:
«¡La paz esté con ustedes!
Como el Padre me envió a mí,
Yo también los envío a ustedes».
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:
«Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados
a los que ustedes se los perdonen,
y serán retenidos

sábado, 16 de mayo de 2009

Ven y sígueme...

Ven y sígueme...

Jesús tuvo muchas oportunidades de conocer y encontrarse con la gente mientras predicaba.

Muchos venían a Jesús en busca de alguna curación, como el leproso, que, arrodillándose delante suyo, le dijo: "Señor, si quieres, tú puedes limpiarme" (Mt 8, 2), o el ciego de Jericó, quien al enterarse de que Jesús estaba pasando por allí, gritó sin parar: "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10, 48).

Otros, en cambio, buscaban encontrar algo en Él que quizás no sabían explicar. Así, el pequeño Zaqueo "quería conocer a Jesús" (Lc 19, 3), y con firme decisión subió a un árbol para poder verlo, pues el gentío lo tapaba y no se lo permitía.

A lo largo del tiempo, todos nos hemos encontrado con Jesús en el camino, y podemos decir que tuvimos, una o mil veces, la oportunidad de conocerle. ¿Cuál es tu caso? ¿Lo andas buscando, o te has topado con Él sin quererlo?

Pues cualquiera que sea tu realidad particular, estás hoy ante la gran decisión de tu vida: "Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia... Te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida" (Dt 30, 15.19).

Si vienes a Él movido por una situación difícil, debes saber que Jesús te quiere ayudar y darle a tu vida el sentido que puede estar necesitando.

Si lo que te acerca a Cristo es una circunstancia favorable, comparte esa felicidad con quien más te ama, y descubrirás que la fuente de esa bendición es Cristo mismo.

En uno u otro caso, hay Verdades Fundamentales que todo cristiano debe conocer. Éstas son:

1. DIOS TE AMA

Sí, y lo hace de una manera personal, incondicional y, además, quiere lo mejor para ti. Para el Señor, el amor es darse, y darse totalmente, hasta el punto de dar la propia vida por sus amigos, que es la forma más perfecta de amar (Cf. Jn 15, 13).
Él nos amó hasta el extremo (Jn 13, 1). Él no te ama porque seas bueno, sino porque Él es bueno, y Él es AMOR: «El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1 Juan 4, 8).

El amor de Dios no te pone condiciones; por ello, Él ni siquiera te pide que primero lo ames, sino que te dejes amar por Él. ¿Lo harás?


2. ERES PECADOR, Y ESE PECADO TE ALEJA DE DIOS
Pecamos porque no confiamos en Dios ni queremos depender de Él, y este pecado nos impide experimentar Su amor. En vez de adorar al Dios verdadero, adoramos ídolos que terminaron por empobrecernos. Estos ídolos eran obras de nuestras manos, de nuestra inteligencia y técnica, que nos llenaron de orgullo, y las adoramos. En fin, nos adoramos de esa forma a nosotros mismos, siendo infieles a la alianza de amor con Dios.
En Dios encontramos a ese Padre bondadoso que está esperando con los brazos abiertos nuestro retorno a la casa paterna a través de la conversión. Pero para ello es necesario el arrepentimiento de nuestra parte. Ese arrepentimiento no sólo es fundamental para el hombre, sino un mandato de Dios. Por ello, reconoce humildemente tu pecado:
«...todos han pecado y están lejos de la presencia gloriosa de Dios» (Romanos 3, 23).




3. JESÚS ES TU ÚNICO SALVADOR
La solución para el pecador es Jesucristo. Él es el único que puede salvarte:
«Para los hombres de toda la tierra no hay otro Nombre por el que podamos ser salvados» (Hechos 4, 12).
Jesús te salva y perdona; ya pagó el saldo pendiente al precio de su sangre. Jesús nos salva –es decir, nos hace libres– de nuestros temores, de nuestro egoísmo, de ese Yo que nunca está satisfecho y pide cada vez más.


Jesús nos salva además del mundo de las apariencias y la mentira en que muchas veces vivimos, y que nos obliga a llevar siempre máscaras puestas: máscara de ser fuertes, exitosos, felices, alegres, santos, ejemplares... Nos salva también Jesús de nuestra vida sin sentido, sin límites, sin dignidad, dominada por el deseo de placer, de acumular poder y dinero.
Pero no sólo son las ataduras personales y terrenales las que nos afectan. Jesús, a través de su muerte en la cruz y de su gloriosa resurrección, venció a los enemigos más terribles que tenemos: el pecado, la muerte y Satanás.


4. ACEPTA LA SALVACIÓN QUE TE OFRECE CRISTO

Cree y conviértete. Jesús ya ganó la nueva vida para ti. Entonces, recíbela creyendo y volviéndote a Él. La Fe es creer en Alguien, en una Persona, que es Jesús. Por ello, PROCÁMALO COMO TU ÚNICO SALVADOR y renuncia a cualquier otro medio de salvación:
«Si con tu boca reconoces a Jesús como Señor, y con tu corazón crees que Dios lo resucitó, alcanzarás la salvación. Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se reconoce a Jesucristo para alcanzar la salvación» (Romanos 10, 9–10).

Arriesgarse a ser libre requiere valor, es un acto de fe, pues es mucho más fácil seguir siendo un esclavo de los demás y de las propias ataduras que nos dominan. Pero no busques lo más fácil...
Por nuestro Bautismo, todos recibimos nuestro “boleto ganador” del Gran Premio de la Salvación. Pero si no lo reclamas, ese premio nunca será tuyo.


5. LA PROMESA ES PARA TI
La salvación de Jesús se hace presente por medio de su Espíritu. Con su fuerza, serás su testigo:
«Recibirán la fuerza del Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes, y serán mis testigos... hasta los extremos de la tierra» (Hechos 1, 8).
Entonces, pide y recibe el don del Espíritu Santo.
No basta con saber que necesitamos del Espíritu Santo. Tenemos que beber de él. Tiene que ocurrirnos algo, un acontecimiento renovador que nos haga despertar, que inflame nuestra alma de un amor ardiente y nos convierta en esa luz para el mundo que Cristo espera que seamos (cf. Mt 5, 14). Tiene que ocurrirnos lo mismo que a los apóstoles. Tenemos que vivir nuestro “pentecostés personal”.
Esta es la experiencia que llamamos efusión o bautismo en el Espíritu, mediante la cual se libera en nosotros el Espíritu Santo recibido en nuestro bautismo sacramental, y que por descuido y falta de interés de nuestra parte ha permanecido durante mucho tiempo limitado y sin poder ejercer su acción libremente en nosotros. Como producto de este encuentro nuevo, vivo y palpitante con Cristo muerto y resucitado, nos abrimos totalmente a la persona del Espíritu Santo y a su acción en nuestro ser.
Es una verdadera renovación interior que se traduce en un cambio exterior, y que nos mueve a comunicar esta maravillosa experiencia a los demás, como quien pasa a otro una antorcha encendida. La experiencia de la efusión del Espíritu es un verdadero despertar a la vida, el inicio de nuestra vida nueva en el Espíritu.






6. JESÚS ESTÁ EN TU COMUNIDAD
No basta nacer de nuevo, hay que crecer en la Vida nueva. Necesitas por ello integrarte a una comunidad cristiana que alimente tu fe. Cristo está en tu hermano. Por ello, persevera en tu grupo de oración o comunidad. Sobre todo en esta etapa inicial de tu nueva vida en Cristo, es fundamental que te congregues con otros hermanos con quienes puedas compartir tu fe:
«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él» (1 Corintios 12, 27).

Reflexiona sobre tu compromiso con nuestra Iglesia, y bendice al Señor desde lo más profundo de tu ser, has sido incorporado mediante el bautismo a la única Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él (Lumen gentium 8).
Si tú has encontrado a Cristo en tu Iglesia, si has hallado el camino de salvación, de libertad y de vida eterna en ella, ama a tu Iglesia, identifícate con ella, defiéndela y contribuye a mejorarla con tu aporte, que será tu servicio.



Y AHORA, ¿QUÉ DEBES HACER?
Ora todos los días, sobre todo mediante la alabanza.
Lee asiduamente la Palabra de Dios.
Frecuenta los sacramentos. Asiste con fervor a la Eucaristía dominical.
Persevera en tu comunidad.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 9-17


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 9-17


Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos:
Como el Padre me amó,
también Yo los he amado a ustedes.
Permanezcan en mi amor.
Si cumplen mis mandamientos,
permanecerán en mi amor,
como Yo cumplí los mandamientos de mi Padre
y permanezco en su amor.
Les he dicho esto
para que mi gozo sea el de ustedes,
y ese gozo sea perfecto.
Éste es mi mandamiento:
Ámense los unos a los otros,
como Yo los he amado.
No hay amor más grande
que dar la vida por los amigos.
Ustedes son mis amigos
si hacen lo que Yo les mando.
Ya no los llamo servidores,
porque el servidor ignora lo que hace su señor;
Yo los llamo amigos,
porque les he dado a conocer
todo lo que oí de mi Padre.
No son ustedes los que me eligieron a mí,
sino Yo el que los elegí a ustedes,
y los destiné para que vayan y den fruto,
y ese fruto sea duradero.
Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre,
Él se lo concederá.
Lo que Yo les mando
es que se amen los unos a los otros.



Compartiendo la Palabra
Por Pedro Garcia cmf


Como nos pongamos a analizar y comentar todos los puntos que nos ofrece Jesús a nuestra consideración con el Evangelio de hoy, tenemos para rato... ¡Cuántas cosas en tan pocas palabras! Cada frase nos abre un mundo. Está Jesús despidiéndose de los apóstoles antes de ir a la pasión y a la muerte, y les habla con el corazón encendido, a la vez que muestra ternura y comprensión, junto con mucha firmeza:
* Como el Padre me ha amado, así os he amado yo
¡Permaneced en mi amor!
Y permaneceréis en mi amor si guardáis mis mandamientos.
Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.
No hay amor más grande que éste: dar la vida por los amigos.
Yo no os voy a llamar siervos, sino amigos, porque no os guardo ningún secreto, sino que os digo todo lo que sé de mi Padre.
No me habéis escogido vosotros a mí, sino que yo os he escogido a vosotros.
Y os he escogido para que vayáis y produzcáis fruto, un fruto que permanezca.
Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, mi Padre os lo concederá.
Os lo repito. Esto os mando: que os améis los unos a los otros. *
¿Exageramos al decir que tenemos para rato si nos ponemos a comentar cada uno los miembros de este Evangelio del Señor?... Puestos a compendiarlos en un pensamiento central, podríamos decir que todos se reducen al amor, un amor que llegará a la intimidad de los amigos y a la generosidad sin límites.
El amor a los hermanos estará inspirado en el amor que se tienen el Padre y Jesús en el Espíritu Santo, y en el amor que nosotros le tenemos a Cristo, amor que será un imposible si no se derrama también en los demás hombres.
La generosidad, por otra parte, se manifestará en un cumplir en su totalidad lo que Jesucristo nos pide a nosotros, y en un volcarse de Dios de tal modo a nosotros que no nos va a negar nada, nada de lo que nosotros queramos y le pidamos en nombre de Jesús.
Llama ante todo la atención el hecho de que Jesús se constituya en un mendigo de amor. Esa expresión suya: ¡Permaneced en mi amor!, llena de emoción a cualquiera. ¿Dios, pordiosero de amor? ¿Qué no tiene bastante con el de los ángeles y santos del Cielo, que viene ahora a suplicarlo como una limosna en la tierra?... Pero, así es. Hasta que no entendamos eso de la Encarnación, o sea, que Dios se hizo verdadero hombre, y que Jesús es uno más de nosotros, con todas las cualidades, necesidades y exigencias de la naturaleza humana, no entenderemos a Jesucristo. ¿Y hay una exigencia mayor que la necesidad de amar y de ser amado? Entonces entendemos lo primero que Jesús nos pide hoy:
- ¡Amadme! ¡Y que vuestro amor a mí no se enfríe nunca!...
Este amor lo quiere Jesucristo efectivo en nuestra vida. No le interesa nada lo que llamamos amor romántico: suspiros tiernos que se quedan en nada, pues no se traducen en realidades. El cumplir los mandamientos de Dios es la prueba de que efectivamente queremos a Jesucristo sobre todas las cosas.
Todos esos mandamientos, sin embargo, Jesucristo los reduce hoy más que nunca al mandamiento del amor fraterno. Si nos amamos entre nosotros, somos de Cristo. Si no reina el amor en medio de nosotros, Jesucristo se ausenta de nuestro lado.
Y este amor es tan universal, que no excluimos a nadie. Ni al pagano tan siquiera. En la primitiva Iglesia se daba el caso bien claro. Encerrada en sí misma, no acababa de abrirse a los paganos. Cuando Pedro, como cabeza de los apóstoles, acepta al centurión Cornelio, fue duramente criticado:
- ¿Por qué le has dado el Bautismo?
Y Pedro se defiende con una razón tumbativa:
- ¿Cómo puedo negar el Bautismo al que Dios ha escogido libremente y le ha dado el Espíritu Santo igual que a nosotros?...
Gracias a Dios, que en la Iglesia se nos está metiendo bien esta lección. La Iglesia respeta a todos. Acepta a todos. Ama a todos. Porque en todos los hombres ve la huella de Dios y la invitación de Jesucristo a la vida cristiana. La Iglesia se abre a ellos y les da
el testimonio de nuestra fe. No obliga a nadie, no fuerza a nadie. Se contenta con decir, más que con palabras con el testimonio del amor:
- ¿Ves? Éste es el Dios nuestro. ¿Ves? Este es Jesucristo a quien nosotros tenemos por el Salvador. ¿Ves? Tú también puedes ser de los nuestros. La puerta la tienes abierta...
Cuando así amamos a Jesucristo y nos amamos todos, el amor es capaz de hacer maravillas. Por Jesucristo se renuncia a todo. Por Jesucristo se da la vida. Por Jesucristo, que vive en el pobre, en el enfermo, en el preso, en el morador de la selva o de la montaña inaccesible, o en unas chabolas del los vergonzosos cinturones de las grandes y ricas ciudades..., por ese Jesucristo necesitado de ayuda se juegan muchos la vida, pues saben que no hay amor más grande que dar la vida por esos a quienes uno quiere...
Dios responde entonces haciéndonos de tal manera caso que no se nos niega a nada: Pedid, que os daré todo lo que me pidáis en nombre de ese mi Hijo a quien tanto amo...
¡Señor Jesucristo! Te amamos. Nos amamos como Tú nos mandas. Queremos hacer mucho por ti.
¿Nos dices ahora que pidamos a cambio lo que queramos, porque el Padre está dispuesto a darnos lo que nos venga bien? ¿Y qué quieres que le pidamos? Con sólo una cosa nos contentamos... ¡Que el Padre nos dé el quererte cada vez más!...

lunes, 11 de mayo de 2009

Terminó el primer Seminario de vida en el espiritu


Hemos terminado el Primer Seminario de vida en el espíritu de esta Año.El lema era "todos quedaron llenos del espíritu santo" , y siento que se vivió así.Gracias señor por tu presencia, gracias Señor por tu amor , por que no te hiciste desear, caminaste entre nosotros.Ya se proclamó el kerygma!!!!Ahora veremos los frutos del espíritu.