
SEGUIR A CRISTO PARTE III
Nos cuenta el Evangelio de Marcos 1,16-20 y sus paralelos que Simón y Andrés, Santiago y Juan lo dejan todo y “siguen” Jesús. Pero tal desprendimiento y tal prontitud sólo han sido posibles gracias a que Jesús ha fijado primeramente en ellos su mirada, ha penetrado en su corazón, ha sembrado allí una gracia interior y los ha llamado. La iniciativa ha partido de pescadores del lago pasarán a ser, como Jesús, pescadores de hombres. Este seguir a Jesús acompañado de una tarea de salvación, es un “carisma” especial en orden al reino de los cielos; lleva en sí una transformación interior y un cambio de destino.
El caso de Leví es muy semejante al de los primeros cuatro discípulos: Salió Jesús y vio a un publicano llamado Leví sentado en el despacho de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Y dejándolo todo, se levantó y le siguió. Lc. 5,27-28.
Leví, llamado también Mateo, era recaudador de impuestos y, como tal, estaba catalogado entre la gente indeseable y malvista. Para todo el mundo, Leví no era más que un pecador. Pero Jesús lo vio y lo llamó. Y Leví-Mateo, dejándolo todo, lo siguió.
A partir del momento de su llamamiento, este grupo de cinco personas (Simón, Andrés, Santiago, Juan y Mateo) siguen a Jesús, sin apartarse de él. Lo acompañarán durante su ministerio en Galilea, irán con él cuando suban temerosos a Jerusalén para la fiesta de la última Pascua, lo seguirán hasta Getsemaní la noche misma de la traición: Mt. 8,23; 9,19.
Para “seguir a Jesús” se necesita ordinariamente el testimonio de quien ya lo ha conocido. Un ejemplo mas que claro es el de Juan Bautista; él había recibido la revelación de que Jesús era el elegido de Dios, que bautizaría en el Espíritu Santo (Jn. 1,29-34).
“habiendo mirado a Jesús que pasaba, dice: ¡He aquí el Cordero de Dios!. Y lo oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús” Jn. 1,36-37
El dato es importante. Los dos discípulos de Juan siguieron a Jesús solamente después de haber escuchado el testimonio de su maestro.
Este testimonio nos enseña al menos dos cosas:
1. “Haber visto”; lo cual equivale a haber tenido una experiencia personal de aquél o de aquello de que se va a testificar.
2. “Proclamar el testimonio”. En el caso que analizamos: Juan ha visto a Jesús y da testimonio de él; y por parte de los discípulos, éstos han escuchado el testimonio y lo han aceptado. Del oír y aceptar- y bajo la acción discreta de Dios Espíritu santo- ha nacido el deseo, y, así, los discípulos “siguieron a Jesús”.
Vuelto entonces Jesús, y viendo que lo seguían, les dice: ¿Qué buscan?. Ellos le dijeron: Rabí, ¿dónde moras?. El les dice ¡vengan y vean! Jn. 1,38-39a
Jesús, a su vez, fija su vista en los dos discípulos que lo siguen. Se teje luego una conversación rápida, llena de simplicidad, pero cargada de significado. Cuatro verbos forman todo el diálogo: “buscar, morar, venir, ver”.
“Buscar” encierra el afán por encontrar algo o alguien, de cuyo hallazgo se seguirá una satisfacción plena o el éxito de una empresa.
“Morar” no sólo se dice de “habitar y vivir”, sino sobre todo de permanecer en unión íntima y estrecha”.
“Venir y ver” incluyen en su sentido profundo, la idea de darse, creer, aceptar, mirar espiritualmente, descubrir quién es Jesús.
Juan sintetiza el resultado de la entrevista repitiendo los mismos verbos:
Fueron, pues y vieron dónde moraba; y permanecieron con él aquel día. Era como la hora décima: Jn 1,39b
Dar testimonio de alguien supone haber tenido una experiencia personal: conocer a esa persona y apreciarla. ¿He tenido “experiencias” de Jesús? Y ¿He dado valientemente testimonio de él?
¿Qué dificultades tengo para permanecer íntimamente unido a él?
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