domingo, 4 de abril de 2010

YO SOY LA RESURRECCION Y LA VIDA.....


Yo soy la resurrección y la vida.
No hay Vida sin resurrección y tampoco resurrección sin Vida.
En la medida que haga mía la Vida,
estoy garantizando la resurrección.

No te preocupes de lo que va a ser de ti en el más allá.
Además de ser inútil, ... te llevará a una total desazón.
Lo importante es nacer de nuevo y vivir ya ahora, esa nueva VIDA.
Todo lo demás ni está en tus manos ni debe importarte.

Deja que la VIDA que ya está en ti, se haga realidad.
Deja que todo tu ser quede empapado de ella.
Deja que Dios Espíritu (fuerza) sea el núcleo de tu ser.
Entonces podrás decir como Jesús:
Yo y el Padre somos “ya” uno.

(Fray Marcos)

viernes, 2 de abril de 2010

VIERNES SANTO.



Como dice el Papa, Jesús probó “la verdad del amor mediante la verdad del sufrimiento” (Salv. Dol., 18). Por la cruz Dios se pone al lado de las víctimas, de los despreciados, de los angustiados, de los pecadores… La respuesta de Dios al problema del mal es el rostro desfigurado de su Hijo, “crucificado por nosotros”.

La cruz nos enseña que Dios es el primero que se ve afectado por el amor en libertad que él mismo nos ha dado. Nos descubre hasta dónde llega el pecado, pero al mismo tiempo nos descubre hasta dónde llega el amor. Dios no aplasta la rebeldía del hombre desde fuera, sino que se hunde dentro de ella en el abismo del amor. En vez de tropezar con la venganza divina, el hombre sólo encuentra unos brazos extendidos.

El pecado tiende a eliminar a Dios; Dios se deja eliminar, sin decir nada. En ninguna parte Dios es tan Dios como en la cruz: rechazado, maldecido, condenado por los hombres, pero sin dejar de amarnos, viernes-santosiempre fiel a la libertad que nos dio, siempre “en estado de amor”. Si el misterio del mal es indescifrable, el del amor de Dios lo es más todavía.

Cristo en la cruz logra sembrar entre nosotros un amor mucho más grande que todo el odio que podemos acumular los hombres a lo largo de la historia. La cruz nos lleva hasta un mundo situado más allá de toda justicia, al universo del amor, pero de un amor completamente distinto, que es misterio a la medida de Dios.

La muerte de Cristo es el colmo de la sinrazón; la victoria más asombrosa de las fuerzas del mal sobre aquel que es la vida. Pero al mismo tiempo es la revelación de un amor que se impone al mal, no por la fuerza, no por un exceso de poder, sino por un exceso de amor, que consiste en recibir la muerte de manos de las personas amadas y el sufrir el castigo que ellas se merecen con la esperanza de convertir su desamor en amor. La omnidebilidad de Dios se convierte entonces en su omnipotencia.

Dios Padre no destroza a los hombres que atacan a su Hijo porque los ama, a pesar de todo. “No se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Rom 8,32). A pesar de los pesares, Dios está de tal forma de parte de los hombres, que el mismo gesto que el hombre realiza contra él, lo convierte en bendición.

La sabiduría de la cruz enseña que el objeto del amor de Dios no es el superhombre, sino estos seres sucios y pequeños que somos nosotros. El mundo nuevo no lo crea Dios destruyendo este mundo viejo, sino que lo está reconstruyendo a partir de él. El hombre nuevo no lo realiza creando a otros seres, sino con nuestro barro de hombres viejos. Es a este hombre así a quien Dios ama.

La cruz es, pues, el lugar en el que se revela la forma más sublime del amor; donde se manifiesta su esencia. Amar al enemigo, al pecador, poder estar en él, asumirlo, destruyendo su negatividad, es amar de la forma más sublime…

Me debo esforzar por acompañar a Jesús, con admiración y reverencia, en la cumbre de su amor, dejándome interpelar por él. ¿Conozco casos de muertes por amor, semejantes a la de Jesús? Los hay…

Pido al Padre Dios que me haga comprender cada vez más a fondo este misterio insondable de su amor, manifestado en la cruz de su Hijo. Que conozca y ame a Jesús de tal forma, que sea capaz de acompañarlo en sus pasos de dolor, los de entonces y los de ahora.

jueves, 1 de abril de 2010

JUEVES SANTO.LAVATORIO DE LOS PIES.


Considero que la liturgia del Jueves Santo es la más significativa de todo el año. Para mí, es la que mejor expresa la esencia de lo que fue Jesús y su mensaje. Mañana recordaremos la muerte de Jesús, pero hoy se plantea el significado de esa muerte, que es mucho más importante para nosotros que la misma muerte.

Ese significado lo encontramos en el relato que los cuatro evangelios hacen de la última cena. La protesta de Pedro, en el relato de Juan, deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada. No podemos reprochárselo, porque tampoco nosotros, después de dos mil años, somos capaces de desentrañar todo el profundo significado de lo que estamos celebrando hoy.

Efectivamente, no sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. El mismo Jesús le dice a Pedro que no lo puede entender “por ahora” (prueba evidente de lo que pensaban los cristianos de finales del siglo I).

• Sabemos que no fue un rito de purificación (antes de comer estaba mandado lavarse las manos, no los pies).
• No responde a una necesidad urgente (los discípulos podían seguir con los pies más o menos sucios).
• Tampoco podemos reducirlo a un acto formal de humildad. Jesús pasaba de todo formalismo.

Fue, sin duda una acción profética. Esta es la razón por la que, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena, se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe.

Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras está encerrado todo lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos. Por eso la liturgia de este día es de las más densas de todo el año.

En el mismo relato que acabamos de leer queda muy clara la importancia que para aquella comunidad tenían los acontecimientos que quieren recordar. Lo pone de manifiesto, la grandiosa obertura con que arranca el texto:
“Consciente Jesús de que había llegado su “hora”, la de pasar de este mundo al Padre, él que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor en el más alto grado”.

Pero no es menos sorprendente el final del relato:
“¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el “Maestro” y el “Señor”; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”.

En estas frases tenemos la clave de la celebración de hoy.

Recordamos lo sucedido en la Última Cena, sobre todo la institución de la eucaristía y el lavatorio de los pies. Nuestra reflexión va a comenzar por el lavatorio de los pies. No porque sea más importante que la eucaristía, sino porque espero que esta reflexión nos ayude a comprenderla mejor.

En ese gesto, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Esto que acabo de decir no es una frase bonita. Si entendemos esta equiparación, estaremos en condiciones de ahondar en el significado de los dos hechos.

Lavar los pies era un servicio que sólo hacían los inferiores a los superiores. Normalmente sólo desarrollaban ese trabajo los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como el señor.

Esto es lo que había hecho Jesús durante toda su vida, pero ahora quiere hacer un signo que no deje ningún lugar a la más mínima duda. Es importante el hecho en sí, pero mucho más, lo que quiere significar.

Juan, el más espiritual y místico de los evangelistas, el que más profundizó en el mensaje de Jesús, ni siquiera menciona la institución de la eucaristía. Esto debía hacernos pensar en la importancia del signo de lavar los pies. Sospecho que Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como don, como entrega.

"Yo estoy entre vosotros como el que sirve." Jesús no renuncia a ninguna grandeza humana. Pero denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder. La verdadera grandeza humana está en parecerse a Dios que se da sin condiciones ni reservas.

Todo ser humano, también Jesús, es un proyecto que tiene que ser llevado a la realización completa. Esa plenitud a la que puede llegar, está marcada por su capacidad de darse a los demás sin reservarse nada. Ser más humano es ser capaz de amar más.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús:
“Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer. Cuando seguimos insistiendo en los diez mandamientos de Moisés o los de la Iglesia, nos quedamos a años luz del mensaje de Jesús. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaros!

No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Tenemos que amarnos, eso sí, como Dios ama, como Jesús amó.

Una eucaristía celebrada como devoción que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús. Celebrar la eucaristía es aceptar el compromiso de darse hasta el final. La eucaristía no es más que el signo (sacramento) de la entrega. Si no se da esa entrega, lo que hacemos se queda en un puro garabato.

En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato de la eucaristía, pero corremos el peligro de quedarnos en la espiritualización del misterio, de quedar deslumbrados por la presencia real de Cristo en el pan y en el vino, y no buscar el verdadero mensaje de ese gesto y de esas palabras.

Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi¬cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Meteos bien en la cabeza, que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dándome a los demás.

Yo soy sangre, (vida) que se derrama para todos, que llega a todos que da vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que se deja empapar por esa Vida.

Las palabras finales son muy importantes. Jesús no dice que repitamos el gesto para “conmemorar” el hecho, sino para que tomemos conciencia de su significado. Eso soy yo, eso tenéis que ser vosotros.

Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir a todos. Manifestando de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana sólo la alcanzaría cuando se diera totalmente, cuando llegara al sacrificio total con la muerte asumida y aceptada.

De ahí la profunda relación que tienen los acontecimientos del Jueves Santo con los del Viernes. Jesús des-trozado puede ser asimilado e integrado en nuestro propio ser. Solo cuando muramos a todos nuestros egos, llegaremos a la plenitud del amor.

Aunque Juan no menciona la eucaristía en el relato de la última cena, no se ha desentendido de un sacramento que tuvo tanta importancia para la primera comunidad.

En el capítulo 6 del evangelio de Juan, encontramos la verdadera explicación de lo que es la eucaristía. “Yo soy el pan de vida”.

Para explicar esto, dice a continuación: “Quien viene a mí, nunca pasará hambre; el que me presta su adhesión, nunca pasará sed”.

Está muy claro que comer materialmente el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo verdaderamente importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre, resumida en el servicio a los demás hasta deshacerse por ellos.

En el mismo capítulo 6, dice un poco más adelante: “El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me “come” Vivirá por mí”.

Para mí, no hay en todo el Nuevo Testamento una explicación más profunda de lo que significa este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también la misma Vida, la definitiva, la trascendente, la que no se verá alterada por la muerte biológica.

Para hacer nuestra esa Vida, tenemos que aceptar la “muerte”, no la física (aunque también), sino la muerte a todo lo que hay en nosotros de caduco, de terreno, de transitorio, de individualismo, de egoísmo. Sin esa muerte, nunca podrá haber verdadera Vida..

No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo, al elegir la más alta posibilidad de plenitud humana. Ahora podéis comprender el sentido que tiene esta celebración, en mitad de Semana Santa.

Volviendo al lavatorio de los pies, esta actitud de Jesús a los pies de sus discípulos, pulveriza la idea de Dios “Señor” al que hay que servir. Jesús hace presente a un Dios que no actúa como soberano celeste, sino como servidor del hombre.

Dios está a favor de cada hombre no imponiendo su voluntad desde arriba sino trasformando al hombre desde abajo, desde lo hondo del ser humano y levantando al hombre a su mismo nivel.

Todo poder, sobre todo el ejercido en nombre de Dios, es contrario al mensaje de Jesús. Ni siquiera el deseo de hacer bien, puede justificar ponerse por encima de los demás para violentarles. Toda imposición queda deslegitimada, aunque esta verdad sea muy difícil de asumir.



Meditación-contemplación

Jesús manifiesta lo que es Dios poniéndose al servicio de los demás.
Deshaciéndose, alcanza la plenitud.
Hoy lo descubrimos en el signo del lavatorio y la eucaristía.
Mañana, con la realidad de su muerte.
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Yo soy pan partido y repartido.
Yo soy sangre (Vida) que se derrama en todas direcciones.
Eso tengo que llegar a ser yo
si quiero alcanzar la plenitud humana.
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Si soy capaz de morir a mi egoísmo,
alcanzaré la plenitud de Vida.
Si soy capaz de darme hasta la muerte,
permaneceré para siempre en la verdadera Vida.
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